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Aquélla mañana de noviembre, Sildavia amaneció ceniza. Como de costumbre. Ugo fue el primero en descender la escalinata trasera del siete cuatro siete. Observó el bus que esperaba a pie de avión y comenzó a morderse la uña del dedo meñique. Saboreó el resto, una a una. Compulsivo, desordenado. Las estudiaba, después las mordisqueaba y con arrojo ladeaba la cabeza al tiempo que juntaba, en automático, la piel de sus cejas enjutas. Un banquete orgánico. Subiendo al bus buscó el mechero de plata Dupont del bolsillo derecho de la gabardina y encendió uno de sus Gitanes. La máquina frenó en seco y un estruendo de maletas cayó por el suelo. -Disculpe señor, está prohibido fumar en todo el recinto del aeropuerto-le espetó el conductor, agresivo. Ugo movió su mandíbula de alquitrán y lanzó una mirada de acero a los viajeros que, estupefactos, iniciaban un murmullo in crescendo. Apresurado, descendió del bus, y atravesó unas puertas inteligentes. Una nave diáfana con sello de arquitecto anunciaba horas y números con voz metálica. Ugo buscó la cápsula de humos y allí estaba, a lo lejos. Tan condensada. Sacó el mechero de nuevo y con otro Gitanes en sus labios de grieta se dirigió a la sala de fumadores. Fumó dos seguidos. Por fin, uno con la masa. Hombres-nicotina. Se apeó del taxi y caminó calle arriba en dirección al hostal Pereira. Un cartel de tinta china anunciaba la cura anti-tabaco ¿No era este el pensamiento que patrullaba su mente? Ugo dudó y al observar que la puerta estaba entreabierta transformó sus dudas en paso firme. Local enjuto. Un hombre oriental de avanzada edad resolvía un crucigramas sentado frente a una mesa de bambú. Al sentir a Ugo se levantó con una elegante reverencia. Vestía kaftán blanco e iba descalzo. El local olía a hierba exótica y estaba infectado de enormes cajas de cartón, apiladas y desordenadas, unas encima de las otras. Al fondo y tras una cortina de cuentas de marfil, una mujer oriental conversaba con una niña frente a una tele ajena. - ¿Cuando usted empezar fumar? - No sé.., supongo que llevo fumando toda la vida. - ¿Usted querer, de verdad, dejar de fumar? - La verdad, lo he intentado dejar tantas veces...que ya no creo ni en los cuentos chinos. - Importante querer amigo. Si no querer, usted siempre fumar.
El maestro apretaba firme y con cada uno de sus dedos, las orejas de Ugo.
La terapia consistía en dejar al paciente fumar y mascar tabaco sin límite. Ugo apuraba la enésima calada del quinto cigarro cuando cayó desfondado. Ugo despertó con la gabardina puesta y toneladas de sueño pesado. Junto a la mesilla unas cerillas del hostal Pereira. Desubicado, metió su mano derecha en el bolsillo y encontró una tarjeta de visita del sanador maestro Zang. Angustiado, descolgó el auricular y marcó el número de Zang.
-el maestro está en una sesión- respondió una voz de mujer con marcado acento.
Un pitido estridente fulminó la oreja de Ugo. Se tocó las orejas. Observó sus manos. Sintió un extraño alivio. Y un mantra acaparó su memoria:
- la perseverancia trae ventura. la perseverancia trae ventura. la perseverancia trae ventura.
Aquél día, Sildavia amaneció luminosa. Ugo mudó de piel y nunca volvió a fumar uno de sus clásicos gitanes.
http://vimeo.com/38938924 texto: D.P.B. fotos: Gorka Postigo |







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