Comparto
algunas reflexiones que escribí sobre el gran
viaje del parto. Una misión que transformó mi vida para
siempre.
Una crisis de madurez que trabajé con Elena Ferraris, mi doula, una mujer sabia y experimentada que me ayudó a conectarme con la mujer salvaje que tambien soy.
Una crisis de madurez que trabajé con Elena Ferraris, mi doula, una mujer sabia y experimentada que me ayudó a conectarme con la mujer salvaje que tambien soy.
Sentí una vitalidad serena desconocida durante el embarazo de mi hijo Jorge. Practiqué hatha yoga y me alimenté con más conciencia. En mi afán por "enterarme" del proceso, leí muchos libros sobre maternidad consciente y de alguna manera, me fui construyendo un idea de cómo quería parir. Hoy sé que en mi entusiasmo por controlar todo el proceso subyacía un miedo atroz a lo desconocido.
Desde que existimos las mujeres hemos parido. El acto de parir es algo común a la vida sexual y emocional de las mujeres, y lo mas cercano a lo que somos.
El parto de Jorge fue un viaje de 36 horas que me permitió atravesar estados anímicos contradictorios al tiempo que su cuerpo se desprendía. Agradecí mucho olvidarme de la lógica temporal de una agenda médica y contar con el acompañamiento de mi doula guiandome en el proceso emocional. Atravesé el miedo, la frustración, el llanto y el bloqueo de conexión.
En un momento de agotamiento, al cabo de largas horas, solicité a Aitor, mi ginecólogo la ruptura del proceso natural y le grité que acabara con mi dolor. En ese momento de llanto agónico, Elena me invitó a realizar un ejercicio de imaginación poética que permitió que mi cuerpo se rindiera a la apertura necesaria que en mi momento de desesperación Jorge y yo necesitabamos.
Hoy entiendo que el parto es un corte, una apertura forzada. Un volcán que gime desde las entrañas y que al despedir sus partes profundas rompe necesariamente su aparente solidez para dar paso a una estructura renovada.
Atravesar un parto es prepararse para la erupción del volcán interno. Una experiencia avasalladora que requiere mucha preparación emocional y valor por parte de la mujer y de quienes le asisten.
En la medida en que atravesemos situaciones esenciales de rompimiento espiritual sin conciencia, anestesiadas, dormidas, infantilizadas y asustadas; quedaremos sin herramientas emocionales para rearmar nuestros "pedacitos en llamas" y permitir que el parto sea un verdadero pasaje del alma. El dolor es necesario para el recogimiento. Para conectarse con partes muy escondidas de nuestro ser, para bucear bien adentro y salir del tiempo y el espacio reales. Para entrar en un nivel de conciencia intermedio, fuera de la realidad. El dolor nos permite desligarnos del mundo pensante, perder el control, olvidarnos de la forma, de lo correcto. Para entrar en el túnel de la ruptura es indispensable dejar mentalmente el mundo concreto.
Parir es pasar de un estadio a otro, un rompimiento espiritual que como tal, duele. El parto no es una enfermedad para curar. Es el pasaje a otra dimensión. La madre puede hacer mucho pero sobretodo lo puede hacer no haciendo. Sin interferir. Aceptando el dolor y fluyendo con él.
La maternidad es una experiencia vital única, una vibración energética donde cada mujer se busca y se encuentra en un arquetipo buscando tambien su especificidad individual. La mayoria de las mujeres nos desconectamos cada vez más de nuestro saber intuitivo y de nuestro poder innnato sobre la transformación de nuestro cuerpo. Y el motor de las decisiones suele ser el miedo tan arraigado en nuestra sociedad contemporánea.
La maternidad es una zambullida en el agua oscura del inconsciente, un fenómeno absolutamente misterioso. Un camino de encuentro personal que necesita mucho tiempo para zambullirse en él. Cuanto mas lenta sea la travesía más tiempo tendremos para integrar esa experiencia a la conciencia y más completa será nuestra reconstrucción interna emocional. Es un tiempo de tiempos sin límites.
Aunque hayamos leido libros, practicado yoga con suficiente disciplina y meditado; o hayamos dispuesto una habitación zen para nuestro bebé tan deseado; toda nueva madre se siente perdida ante las aguas del puerperio. Poseemos muy poca energía física y estamos perplejas ante la falta de iniciativa en el mundo concreto. Es un período en el que nos sentimos raras, descentradas, emocionalmente inestables y confusas con respecto al devenir de nuestra vida.
Es un estado de máxima vulnerabilidad por lo que es importante estar cuidadas y amparadas por individuos o familias o grupos que permanezcan en tierra firme.
D.P.B.
El parto de Jorge fue un viaje de 36 horas que me permitió atravesar estados anímicos contradictorios al tiempo que su cuerpo se desprendía. Agradecí mucho olvidarme de la lógica temporal de una agenda médica y contar con el acompañamiento de mi doula guiandome en el proceso emocional. Atravesé el miedo, la frustración, el llanto y el bloqueo de conexión.
En un momento de agotamiento, al cabo de largas horas, solicité a Aitor, mi ginecólogo la ruptura del proceso natural y le grité que acabara con mi dolor. En ese momento de llanto agónico, Elena me invitó a realizar un ejercicio de imaginación poética que permitió que mi cuerpo se rindiera a la apertura necesaria que en mi momento de desesperación Jorge y yo necesitabamos.
Hoy entiendo que el parto es un corte, una apertura forzada. Un volcán que gime desde las entrañas y que al despedir sus partes profundas rompe necesariamente su aparente solidez para dar paso a una estructura renovada.
Atravesar un parto es prepararse para la erupción del volcán interno. Una experiencia avasalladora que requiere mucha preparación emocional y valor por parte de la mujer y de quienes le asisten.
En la medida en que atravesemos situaciones esenciales de rompimiento espiritual sin conciencia, anestesiadas, dormidas, infantilizadas y asustadas; quedaremos sin herramientas emocionales para rearmar nuestros "pedacitos en llamas" y permitir que el parto sea un verdadero pasaje del alma. El dolor es necesario para el recogimiento. Para conectarse con partes muy escondidas de nuestro ser, para bucear bien adentro y salir del tiempo y el espacio reales. Para entrar en un nivel de conciencia intermedio, fuera de la realidad. El dolor nos permite desligarnos del mundo pensante, perder el control, olvidarnos de la forma, de lo correcto. Para entrar en el túnel de la ruptura es indispensable dejar mentalmente el mundo concreto.
Parir es pasar de un estadio a otro, un rompimiento espiritual que como tal, duele. El parto no es una enfermedad para curar. Es el pasaje a otra dimensión. La madre puede hacer mucho pero sobretodo lo puede hacer no haciendo. Sin interferir. Aceptando el dolor y fluyendo con él.
La maternidad es una experiencia vital única, una vibración energética donde cada mujer se busca y se encuentra en un arquetipo buscando tambien su especificidad individual. La mayoria de las mujeres nos desconectamos cada vez más de nuestro saber intuitivo y de nuestro poder innnato sobre la transformación de nuestro cuerpo. Y el motor de las decisiones suele ser el miedo tan arraigado en nuestra sociedad contemporánea.
La maternidad es una zambullida en el agua oscura del inconsciente, un fenómeno absolutamente misterioso. Un camino de encuentro personal que necesita mucho tiempo para zambullirse en él. Cuanto mas lenta sea la travesía más tiempo tendremos para integrar esa experiencia a la conciencia y más completa será nuestra reconstrucción interna emocional. Es un tiempo de tiempos sin límites.
Aunque hayamos leido libros, practicado yoga con suficiente disciplina y meditado; o hayamos dispuesto una habitación zen para nuestro bebé tan deseado; toda nueva madre se siente perdida ante las aguas del puerperio. Poseemos muy poca energía física y estamos perplejas ante la falta de iniciativa en el mundo concreto. Es un período en el que nos sentimos raras, descentradas, emocionalmente inestables y confusas con respecto al devenir de nuestra vida.
Es un estado de máxima vulnerabilidad por lo que es importante estar cuidadas y amparadas por individuos o familias o grupos que permanezcan en tierra firme.
D.P.B.

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